¿Por qué Guatemala no quiere salir a votar?

Que los gobiernos no se tomen en serio la democracia es una historia de antaño en el país. La desconfianza en los políticos es heredada, y para nada infundada.

Por qué Guatemala no quiere votar

En mayo, solo 4 de cada 10 guatemaltecos participaría en los comicios de septiembre (según el Observatorio Electoral, Universidad Rafael Landívar). La historia moderna de esta democracia colecciona fraudes electorales, presidentes interinos, dictadores… Pero en este 2015, ¿por qué los guatemaltecos están hastiados, una vez más, de los políticos? Por al menos 4 razones:

Corrupción comprobada de la clase política. El pasado 23 de abril trascendió que 22 funcionarios de la Superintendencia Aduanera de Administración Tributaria (SAT), incluidos el superintendente y el ex secretario privado de la vicepresidenta (prófugo aún), conformaban una estructura criminal ‘in-house’ dedicada al contrabando y a la defraudación. La investigación pública solo confirmó que la población se siente estafada por los políticos.

Partidos políticos sin credibilidad. Los tres principales partidos fueron sancionados por el Tribunal Supremo Electoral por hacer campaña anticipada. Acciones como pintar piedras, repartir víveres envueltos en material proselitista, y colorear la vía pública no se comparan con colocar los logos de los partidos sobre las folclóricas alfombras de Semana Santa. Si quienes van a gobernar no respetan la ley, ¿cómo pues, planean gobernar?

Se gobierna a favor del interés partidista. Ya en Guatemala se habla de ‘pistocracia’: el poder por medio de la plata. Y es que una de las funciones del Estado ha sido financiar parte de lo que será el próximo ejercicio electoral, antes incluso que facilitar el desarrollo económico de una población que resiente la inseguridad y la pobreza extrema del 54%.

No hay un líder que inspire a una nueva generación. La crisis profunda que vive un estado débil no se soluciona en 4 años, ni con un cambio de gobierno. Pero que una mayoría no confíe categóricamente en ninguno de los 15 candidatos que van por la presidencia habla de una ciudadanía cansada y de una clase política fracasada.

El abstencionismo en segundas vueltas (comunes en cada elección) supera el 50%; y en primeras rondas, el 40% desde 2003. Es claro que no hay un líder que acapare el capital político, la credibilidad, ni la confianza para cambiar la imagen desprestigiada de los gobernantes.

Crisis como la actual dan a luz a líderes populistas que luego no se quieren bajar de la silla. Esos, que convierten estados en cleptocracias, y mafias incrustadas en las estructuras públicas listas para financiar el crimen o el interés personalista. Y ese es el temor de los electores de cara a este nuevo cambio de mando.

Los chapines no quieren nada con las urnas. Votar por el ‘menos malo’ no funcionó en 2011; hoy quieren de vuelta a su país, y no confían en los aspirantes. 

Aquí el artículo publicado en revista digital española Sesión de Control.

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